El voto emocional

Se produce un fenómeno curioso respecto al voto. Y me refiero, especialmente, a cómo lo decidimos. Sí exceptuamos a quienes son seguidores de un determinado partido y “siempre han votado lo mismo”, nos encontramos con distintos grupos de personas que deciden su voto  en cada convocatoria. Y sus razones bien poco tienen que ver con programa o ideologías.

 

Están los que lo hacen por afinidad con las personas que se presentan. En este caso el voto puede estar condicionado por la procedencia, etnia, religión, género, edad, apariencia o cualquier otra característica personal o grupal, aparentemente con poca relación con las propuestas o la ideología. Aquí podemos incluir un subgrupo que se identifica con la forma de actuar o de hablar de los candidatos o candidatas. Su vehemencia, calma o vocabulario, pueden determinar sus decisiones.

En otro lado, nos encontramos con las personas que votan “en contra”. Generalmente son quienes se han sentido ofendidos/as con algunas propuestas o actuaciones de determinados partidos. Este grupo es fácilmente influenciable por eslóganes o ideas maximalistas del partido  al que deciden dar su voto. Aquí también encontramos a quienes votan por miedo, generalmente infundado, y explotado convenientemente por las maquinarias propagandísticas de las formaciones políticas.

Un último grupo sería el compuesto por quienes no votan. Sus motivos son diversos y van desde el hartazgo o desilusión con cualquier propuesta política, hasta la incomodidad que supone desplazarse hasta el colegio electoral para depositar las papeletas en las correspondientes urnas.

Seguro que podríamos hilar más fino cuando hablamos de los votos emocionales. O de las emociones que guían nuestras decisiones los días de elecciones. Pero hoy sólo queríamos destacar algunos aspectos que, generalmente no consideran los analistas políticos, cuando intentan explicarnos qué es lo que puede estar tras las decisiones individuales que materializamos en los días de comicios.

 

¿Voto libre? Es posible que pienses que votarás libremente. ¿Tu crees?

Además del “voto cautivo” o cualquier otra referencia geo-política-estratégica o demás, lo cierto es que, cuando vamos a votar, lo hacemos condicionados por algunos sesgos que pueden confundir nuestra libre capacidad de decidir. ¡Por si no tuviésemos suficiente con nuestras propias y ajenas emociones, o sentimientos de pertenencias varios!

El primero de estos sesgos, el de confirmación, provoca que solo hagamos caso a los datos que apoyan nuestras ideas y seamos escépticos con la información que las contradice.  Es decir, todo lo que dicen “los nuestros”, es lo que está bien. Lo de “los otros” viene invalidado de salida.

Otro importante condicionante es el efecto halo, que provoca que confundamos un rasgo con el todo. De ahí, la utilización que hacen algunos candidatos de la apariencia física, la edad, la procedencia, que busca que nos identifiquemos con él o con ella, para asumir que lo que dice es lo que nos conviene.

Otro de los sesgos que pueden afectar a nuestra capacidad de elegir a quien votar es el sesgo de atribución. Asumimos que nosotros elegimos nuestro voto porque estamos informados, pero los demás no tienen ni idea y están llenos de prejuicios.

Si la petición del voto va dirigida a  esos ciudadanos honrados que están hartos de la corrupción“, es fácil sentirse identificado, pero solo porque tendemos a tratar las descripciones vagas y generales como si fueran específicas y detalladas. Es el efecto Barnum o Forer.

Un sesgo característico viene determinado por el miedo al cambio o el “coste irrecuperable”. Nos cuesta cambiar el voto si llevamos años votando lo mismo.

Un último sesgo es nuestra propia incapacidad de identificar nuestros propios condicionantes. Es lo que se denomina el punto ciego, que vemos en los/as demás pero no en nosotros/as. 

 

 

 

 

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